Casas encantadas

Según dice una antigua y ubicua tradición, cuando el dolor, el sufrimiento, el miedo y la humillación se concentran en un lugar determinado y el imaginario local, así como sus crónicas y testimonios, pueden dar cuenta de todo ello, lo más probable es que esa comunidad lo termine convirtiendo y etiquetando como un “lugar encantado o embrujado“.

Así, pues, castillos, hospitales, abadías, mansiones, hoteles, cementerios y campos de batallas, adquieren un status diferente y el misterio se transforma en el componente más importante y definitorio del lugar.

Desde que nacemos historias de este tipo convocan nuestro interés e imaginación; y tal vez sea el miedo a la muerte y a lo desconocido lo que alimenta la atención y la atracción por esos temas. Antes, transmitidos de boca en boca en torno a un fogón o a una sobremesa comunitaria. Hoy, frente a la pantalla de una computadora conectada a Internet, reeditando la vieja práctica, pero en una situación de individualismo total y absoluto. Casi alienante.

Claro que el temor por esos “sitios encantados” es inversamente proporcional a su tamaño. Cuanto más grandes, más raros. Cuanto más grandes, más miedo. Característica ésta que ha sido profusamente explotada por la literatura y después por el cine de horror. Aunque hoy en día, los cultores del misterio, que son legiones en el mundo de la televisión, parecen haber reorientado su atención a sitios más pequeños (departamentos, complejos habitacionales de un solo ambiente, incluso casas de familia de clase media y baja) en un intento por llevar ese horror tan buscado a todos los sectores sociales (y ya no tan sólo a la aristocracia, que parecía tener el monopolio, especialmente durante el período victoriano). Claro que todo esto fue en detrimento de su impacto dramático; o al menos en un mayor esfuerzo literario por implantar lo sobrenatural en espacios que, de por sí, no “meten miedo“.

Convengamos que un amplio salón amueblado con mesas, sillones, arañas, alfombras y modulares de madera oscura y contextura pesada son mucho más efectivos que la cocina o el lavadero de un monoambiente en el que cuelgan, secándose a la vista de todos, repasadores, camisetas y bombachas de los dueños de casa.

El escenario lo es todo. El contexto genera significado. Ningún “paisaje” es neutro por completo. Son el producto de nuestro propio imaginario. Una construcción cultural. Por eso, los sitios abandonados, en ruinas, aislados e inmensos, convocan a mayor cantidad de fantasmas; y todo esto se constituye en un fenómeno cuyos tópicos ya los encontramos delineados en el mundo antiguo, en donde griegos y romanos trazaron para occidente sus primeras y más perdurables líneas argumentales.

Los fantasmas son entidades muy conservadoras, además de poco viajeras. Suelen aferrarse a un lugar de manera permanente. Tan conservadores son que se niegan a reconocer los cambios que se operan en sus escenarios tradicionales, insistiendo atravesar puertas, ventanas y pasillos sellados (o ya inexistente).

Los fantasmas y las casas encantadas son los paladines de la lucha contra el racionalismo moderno y, tal vez, los primeros síntomas (lejanos y tímidos) de una posmodernidad, hoy extendida en casi todos los campos.

 Fernando Jorge Soto Roland   

Monografias.com

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